Fiesta de Corpus Christi

¿Te has puesto a pensar en el tesoro tan inmenso que se encuentra en algo tan pequeño como una hostia y unas gotas de vino?

La fiesta del Corpus Christi, que ahora se llama “del Cuerpo y Sangre de Cristo”, se ha arraigado profundamente en el pueblo cristiano desde que nació allá por el siglo XIII. Se trata de una celebración que lleva a poner toda la atención en la Eucaristía. Ahí, la vida se convierte en un perpetuo intercambio de amor: Jesús me entrega todo lo que es y yo le entrego todo lo que soy. Su cuerpo y sangre ya no son suyos sino míos; y cuando yo los acojo mi cuerpo ya no es mío sino suyo. Esta entrega mutua no es hermética porque me lleva a hacer lo mismo que hace Jesús: ofrecer lo que tengo para que se transforme en vida para el cuerpo de la Iglesia.

Desde esta perspectiva, el simbolismo de la comida y la bebida impresiona por su simplicidad. En la hostia, que es un trozo de pan ácimo (sin levadura) hecho de harina de trigo con forma circular (cf. CDC 924 §2), se actualiza nuestro deseo de entrar en una relación de amor recíproco con el Señor. En el vino, que debe ser natural, del fruto de la vid y sin ningún aditivo ni conservadores, se condensa nuestra verdadera alegría (cf. CDC 924 §3). Unos gramos de pan y unas gotas de vino dejan de ser tales y se convierten en el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor. Ese alimento tan frágil y tan humilde es un manjar donde Jesús toma nuestras energías vitales y, multiplicándolas, las lleva a plenitud. Así, en el camino difícil de la vida, el Señor nos da fortaleza y júbilo que desbordan nuestro ser. 

¿Quién se hubiera imaginado quedarse en un pedacito de pan y unas gotas de vino para alimentar a todos los que quisieran tenerlo? ¡Sólo a Dios! Es sabiduría divina. Es alimento eterno que entre más lo comemos más nos ayuda a alcanzar la Vida Eterna.

Recuerdo con afecto una visita que hice a la iglesia de Tabgha en Israel. Ahí se conmemora el momento de la multiplicación de los panes. Al pie del altar se encuentra un mosaico donde se aprecian dos peces y cuatro panes dentro de una canasta. Me extrañó porque el evangelio dice que son cinco panes y no cuatro. Uno de los padres que custodian la iglesia me advirtió que no había ningún error en ese mosaico. En realidad sí existe el quinto pan: el quinto pan es el que se coloca sobre el altar en cada Eucaristía porque Jesús sigue dándose hasta nuestros días y lo seguirá haciendo para siempre. 

Ojalá tuviéramos en verdad más hambre y más sed de Cristo. Recordemos que nuestra verdadera vida, la más profunda y la que da sentido auténtico a nuestra existencia, se encuentra en el Cuerpo y Sangre de Jesús que nos capacitan para una entrega en el Amor, por el Amor y con el Amor. 


P. Tony Escobedo, c.m.

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