21 de Junio de 2020

Tres veces, en el evangelio de este domingo, Jesús insiste: “no tengan miedo”. Es natural sentir miedo, pero Jesús nos da tres razones para alentarnos:
a) La primera razón es que “nada hay encubierto que no haya de ser manifestado”. A la gente malvada le gusta la oscuridad porque la oscuridad esconde sus malas obras. Conspiran en secreto para desviar lo bueno. Pero el Señor “aclarará lo oculto de las tinieblas” y nos acompañará para permanecer con Él. Nuestro Señor no permitirá que gane la maldad. Por eso Jesús llama a predicar la verdad audazmente y con amor. Las azoteas servirán de plataformas para que, anunciando desde un lugar alto, podamos ser vistos y oídos por todos.
b) La segunda razón para no temer es el poder limitado de los oponentes: pueden matar el cuerpo pero no tienen poder sobre el alma. Solo Dios tiene poder sobre la eternidad. En esta enseñanza hay algo que no hemos de olvidar: nunca estaremos solos. Él será siempre esa presencia comprensiva que necesitamos, esa mano fuerte que nos sostendrá, esa luz que nos guiará. Él nos invitará siempre a caminar diciendo sí a la vida. Y cuando terminemos nuestra peregrinación por este mundo no hemos de temer porque habrá una habitación preparada para cada uno de nosotros.
c) La tercera razón para no temer es el amor compasivo de Dios. Hoy que celebramos a los papás podemos recordar que Dios es Padre. Y como papá le importa hasta lo que parece insignificante tal como los pequeños gorriones o el número de cabellos que tenemos. Nos recuerda a un padre cuyo bebé es tan precioso que todo lo relacionado con el pequeño le parece maravilloso: cada dedo de la mano, cada movimiento del pie parece un milagro inesperado. Dios Padre nos ama con ese tipo de detalle.
Tal vez, hoy convenga detenernos a experimentar a Dios Padre sólo como Amor. Todo lo que nace de Él es amor. Esto es muy conmovedor: Dios nos ama incondicionalmente, tal como somos. Él no nos abandona. Él nunca deja de amarnos. No tenemos que ganar su amor. No tenemos que conquistar su corazón. No tenemos que cambiar ni ser mejores para ser amados por Él. Pero al ser consciente de que me ama así como soy, puedo cambiar, crecer y ser mejor, correspondiendo a ese amor incondicional.
Ahora podemos pensar para nuestra vida: ¿qué nos pide el Padre? Sólo que aprendamos a amar. Dios sólo espera de nosotros que amemos a las personas y busquemos su bien, que nos amemos a nosotros mismos y nos tratemos bien, que amemos la vida y nos esforcemos por hacerla más digna y humana para todos. Que seamos sensibles al amor. ¡Feliz día del Padre!
P. Tony Escobedo, c.m.
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